Sebastián Amorós

En mis noches de seda eres dulce princesa
en atuendos ceñidos a tu bella figura.
Tienes uñas de pez, pestañas de manzana,
regazo de amapola, y cintura de almendra.

Bella dama trigueña, en el numen sin verso
se ciñen tus caricias desde playas lejanas;
adoro de tus muslos las raíces azules:
el cielo de tu cuerpo repleto de esperanza.

Por tus rodillas suben los deseos carnales,
en la trémula voz de tus labios pequeños.
Mi corazón sombrío necesita de ti,

de tus manos profundas como las avellanas,
de tu boca de miel, de durazno, de trigo.
Quiero la primavera desnuda de tus ojos.

La tierra te admira.

En los ancestros otoñales,
tus manos
iban cargadas
de esas flores
que a ti se parecen.

No.
Nunca hubo
una avellana, un durazno,
un sombrero,
que de tus manos
no se prendiera.

¡Ah! Eterna belleza
Vestigios de rosas.

De tus manos nace
la cópula del beso,
el fragmento ecuatorial
de tu noche.

Pañuelos del cielo;
Acaríciame aún
con la seda
de tus dedos.

Suspiro eterno,

mis manos en tus senos

avasallándote.

Añejos arrabales escondés,
conozco casi nada de tu historia,
silencio de este tiempo sin memoria,
y siempre muy callada todo ves.

Millones de recuerdos que tenés,
Buenos Aires, ciudad de tanta gloria,
adoquines que cuentan trayectoria;
en tus calles, el tango conocés.

Faroles encendidos en esquinas,
en balcones, guirnaldas de colores
¡embelesan pebetas tan divinas!

Esperando, tal vez, a los amores.
Imágenes tatuadas en retinas,
en la voz de Gardel, piano de Mores.

Desnudarte, mujer,
es forjar corazones con los cisnes
que emergen de tus senos
y hacen cabriolas en el céfiro.

Delinear cada trazo
de tus curvas.
Sencilla y dulce esmeralda;
sonrojada y tierna manzana;
tórrida y taciturna guitarra.

Desnudarte, mujer…

Sensualidad y belleza.
El abecedario del poeta.
La cúspide y su estrella.

Desnudarte, mujer…

Aterciopelada rosa.

Hay pájaros fucsias
que volatizan en torno a tus piernas.
y se elevan
por la cuesta crepuscular de tu vientre de mariposa.

Desnudarte, mujer…

Volar en el plumaje de mirlo
de tu pubis.
Sonrojar al cosmos con tu aurora.
Abrir la luna con su espejo
y dibujarla a cualquier hora.

Desnudarte, mujer…

Cincelar en mis pupilas tu figura.

En tus sueños estaré,
seré
de tu barca el capìtán,
guardián.
Te cuidaré con honor
y amor,

floreciendo nuestro albor;
conservaré tu fragancia
y a pesar de la distancia
seré guardián de tu amor.

Cuélgate de nuevo en las alas de los colibríes.

Déjame tallarte corolas en los labios.

¿Qué artesano cinceló tus ojos?

¿Qué alondra besó tus mejillas?

Cállate y escucha el canto de los arrecifes:

La serenata del mar.

¡Qué bonita!…

¡Qué bonita se escucha!

¡Qué bonita en tus labios!

Un beso al unísono

y las melodías del mar.

Tu pecho en mi pecho

y el canto del mar.

Mis manos en tu cintura

y el rumor del mar.

Tu boca… mi boca

y la espuma del mar.